Si pierde Donald Trump las elecciones —está por verse a pocos días de los comicios—, surgirán otros Trump. Serán sus discípulos o sus imitadores. Las mismas condiciones que llevaron a este empresario de la construcción bravucón, arrojado y malhablado serán las mismas en los próximos años.
Seamos realistas porque el mundo debe mirar los acontecimientos de frente. Si pierde Donald Trump las elecciones —está por verse a pocos días de los comicios—, surgirán otros Trump. Serán sus discípulos o sus imitadores. Las mismas condiciones que llevaron a este empresario de la construcción bravucón, arrojado y malhablado serán las mismas en los próximos años.
Lo mismo ocurre con el ISIS. Los diarios informan sobre una victoria contra este grupo de asesinos ganados por la locura en Irak, pero el ISIS está en todas partes.
Ahora resulta que dominan gran parte de la franja de mar de la zona costera de Libia y desde allí manejan el negocio de poner en el mar, en embarcaciones precarias, a decenas de miles de refugiados alejados de la miseria, o la persecución política o las guerras tribales. Otras naciones en el norte del África han comunicado que grupos de yihadistas consagrados a la «guerra santa» ganan adeptos por doquier.
España, Francia, Alemania muestran cómo han sido captados, como resultado del odio que sienten terceras generaciones árabes de inmigrantes contra un Viejo Continente que no les da cabida laboral o los arrincona como ciudadanos de segunda o de tercera clase.
Las condiciones políticas y económicas en el hemisferio norte especialmente no han cambiado. Hay un crecimiento notable de la pauperización y el odio a las instituciones públicas y sus representantes, los políticos. Es decir: hay una lectura antidemocrática de la vida en común.
Trump mismo es producto de esta marginalidad, de gente sin trabajo, de grandes emporios industriales trasladados a otros países, a China o a México, para obtener mano de obra barata, exención de carga impositiva. Atrás quedaron sus obreros y los especialistas. Es gente sin destino, salvo que vuelvan a ponerse en práctica desarrollos industriales en las zonas devastadas por la crisis y la cancelación de futuro para la gente.
Si gana, Trump no tendrá planes coherentes y civilizados para que el país se asiente sin conflictos internos ni externos. Y creará situaciones dramáticas con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), reformuladas por el crecimiento armado de Rusia. Y manejará —válgame Dios— la valijita con los botones que pueden llevar a una guerra atómica. Sin embargo, a los desposeídos eso no les interesa. Lo que quieren es trabajo y futuro. Eso creen, ingenuamente. No se los dará Trump y a Hillary Clinton le resultará complicado. El estado de cosas es así en Estados Unidos. Una ola de populismo ha invadido el país en medio de necesidades que requieren atención inmediata.
Y si Trump pierde, aparecerán otros Trump más chiquitos o menos altos, hablando con el mentón hacia arriba, como Benito Mussolini, que seguirán sus pasos porque los votos cargados de odio contra el sistema norteamericano están presentes, no se agotan fácilmente.
El ISIS surgió a partir del pésimo desempeño —a veces criminal— de las fuerzas armadas de Occidente en toda la región. Ahora las ex víctimas se alimentan y consiguen armas con lo que perciben por la venta de pozos de petróleo arrancados a sus dueños o por el tráfico de personas. Es el resultado de defectos serios del pasado. Lo asombroso es que las grandes potencias no tienen planes serios para acabar con el ISIS. Nadie los tiene.
Es una realidad que lleva a la perplejidad y al miedo. Tenemos menos futuro si hay poblaciones que rechazan la democracia y consagran su vida a matar, de cualquier manera, pero matar, acabar con la vida de los demás. Abrazados a una ortodoxia férrea, oscura, medieval.
El fenómeno mundial de la antidemocracia
03/Nov/2016
Infobae, por Daniel Muchnik